Edgar Neville, 5 de abril de 1967
Hoy toca hablar de Edgar Neville. De Edgar Neville se ha escrito largo y tendido, pero no suficiente, ya que para alcanzar el cupo mínimo de palabras impresas (o plasmadas en soporte digital) dedicadas a este genio habría que dedicarle un espacio en los libros de texto. Pero claro, ¿cuáles libros de texto? ¿Cómo puñetas vas a meter a Edgar Neville en lengua o filosofía? Es imposible según las reglas lógicas. Para mí que habrá que tirar del surrealismo codornicesco y meterlo porque sí, porque Neville es así de grande.
Ante todo, esta aseveración mía de que sobre Neville se ha escrito poco hay que cogerla con pinzas. Por fortunas, son unas cuantas las mentes que, tras el fallecimiento (real) de Neville en 1967, han perpetuado la obra (al menos la cinematográfica, la escrita tengo el disgusto de desconocerla) de este insigne madrileño: sobre todo me viene a la memoria Santiago Aguilar, compinche de Luis Guridi (ese que dirigía "Camera Café"), y, entre muchos escritos, "Edgar Neville: tres sainetes criminales", una lectura que si bien nunca he completado (no tengo el libro, pude acceder a él gracias a la Filmoteca autonómica), recomiendo encarecidamente. También viene a la cabeza otro título de un autor cuyo nombre no alcanzo a recordar: "Edgar Neville. De Madrid a Hollywood. Una arrolladora simpatía", una biografía que, a pesar de su título, parece ( y digo parece porque este sí que no lo he leído para nada) que se dedica a glosar más la vida personal del autor, y, sobre todo, el durillo período que va desde finales de los 20 hasta principios de los 40.
"La señorita de Trevélez" de Neville
¿Y por qué hablar de aquellos pantanosos años? Porque desde luego son la clave para dilucidar el por qué una serie de artistas han sido poco difundidos tras el paso de los años. Amigos, la definición (o indefinición) política es peligrosa, y el hecho de que Neville se alineara junto a algún que otro como Mihura o Tono en el Bando Nacional cuando la Guerra Civil (los que leen "El País" y se las dan de "progres" le añaden un "in" como para hacerse los cultos, a un servidor, como no le hace falta hacerse el culto, no lo añade, porque sí hay que añadirle un morfema al "Civil" para darse cuenta de que más que una contienda, fue una jodienda, estamos bien jodidos) no les ayudó para nada. Bueno, igual sirvió para que no se los cargaran, y luego cada uno puede decir si eso de que se juntaran con los franquistas estuvo bien o no, pero el caso es que desde entonces están estigmatizados como de derechas. Lo cual, especialmente en el caso de Neville, es una memez de proporciones considerables. Cualquiera que se haya leído "Tres sombreros de copa" o visto "Adiós, cigüeña, adiós" puede dar cuenta de que no son obras de gente afín al régimen, que de hecho, los trató como la mierda. Pero volvamos a Neville, ese está bien fastidiado: la extrema izquierda, cuando se ve en la tesitura de alabarlo, lo tienen que tildar de "facha inclasificable". La extrema derecha se ha apropiado de él como uno de sus muchos emblemas culturales (ayudados por la obra que realizó Neville entre 1937 y 1940, tanto en literatura como en cine, un ejemplo es "Frente de Madrid", que hasta disgustó a los falangistas por sugerir la reconciliación entre los bandos) y tilda de mentiras el hecho de que militara en Izquierda Republicana. Y entretanto, el GRAN problema, a un nivel generalista tipo PSOE: Neville nunca se manifiestó especialmente contra el régimen franquista. No hizo un "Guernica", no hizo "Teatro de guerra", no se exilió, ni tampoco tuvo exitazos de crítica (sólo dos: unos cuantos premios a "La vida en un hilo" y el premio en Cannes a "Duende y misterio del flamenco") ni de público que lo pusieran en una postura de oposición o de notoriedad frente a la cultura oficial, "Raza", "Sin novedad en el álcazar", y demás caspas. Neville fue a su aire, no hizo panfletos y pagó el pato, entonces y ahora. En fin, toca hablar de la obra de Neville propiamente dicha: hablemos de "Mi calle", su última película. Es difícil hablar de ella: hace algo de tiempo que la vi y era tal su consistencia, su sencillez, su humanidad, que es hasta dificultoso rescatar algún momento en especial de la cinta. Neville quería mucho a sus secundarios, y en "Mi calle" le dio por tener un protagonista colectivo por el que fuera pasando el tiempo, ya que "Mi calle", aunque pudiera pasar por una suerte de "Historia de España reciente" vista a través de los personajes de una calle de Madrid, es ante todo la vida de unos personajes a través de la Historia, del tiempo. Unos personajes que acabas queriendo y que, aún en las peores circunstancias, salen adelante. Porque el cine de Neville, aún con temas oscuros presentes, suele ser optimista, algo que hasta suena difícil en aquellos oscuros años.

"La torre de los siete jorobados"
Neville nunca hizo un cine elitista ni poco accesible, sino uno cercano al público: pero este le dio la espalda, "Mi calle" funcionó muy mal en taquilla, y como ya dije, fue su última cinta de una carrera que tuvo sus raíces en tiempos de la II República, y que pudo rebrotar tras la Guerra Civil. Así, Neville encontró productor para la adaptación de una novela firmada por Emilio Carrere, "La torre de los siete jorobados", en mitad de los años 40. Y la hizo, y ocasionales pases en Filmotecas pueden dar cuenta de que Neville fue capaz de levantar una historia ambientada en el Madrid de finales del diecinueve en la a que un joven capaz de ver a los muertos (Antonio Casal) le encarga el fallecido arqueólogo Robinsón de Mantua (Félix de Pomés) la protección de su sobrina (Isabel de Pomés), pues está amenazada por un siniestro jorobado (Guillermo de Marín) con poderes mentales que falsifica dinero (le sirven otros tantos jorobados) en una sinagoga subterránea. Una película que sin cortarse mezcla humor, costumbrismo español, policíaco y expresionismo alemán sin inmutarse y sin que el resultado quede antinatural, es decir, un peliculón irrepetible y único, como lo fue la película que le sucedió, "Domingo de carnaval".Se considera que "Domingo de carnaval" forma junto a "La torre de los siete jorobados" y "El crimen de la calle de Bordadores" una trilogía criminal castiza, y sin duda están emparentadas, pero esta desdeña los elementos sobrenaturales para dar paso a una trama policíaca más realista en las fiestas de Carnaval en la década de los 10. Así, Neville se permitía resucitar aquella misteriosa atmósfera de la festividad que se había cargado el régimen, y como en "La torre", mezclar un argumento de misterio con el casticismo que le caracterizaba.Y lo hace hasta mejor, logrando un guión más redondo, y de nuevo momentos mágicos: me quedo con ese final a campo abierto que...bueno, no destriparé el final, que "Domingo" es muy digna de verse.
(atención al minuto 0:20, a partir del cual Neville nos da una teórica sobre la gastronomía gallega)
Acabaré con la cuarta: "La vida en un hilo". Otra cumbre del cine en general, una película de las buenas, buenas, y que tiene aparentemente poco que ver con las anteriores: una mujer (Conchita Montes) enviuda y en el tren a Madrid se encuentra con una adivinadora (Julia Lajos) que le relata como hubiera sido su vida si en vez de haberse casado con un hombre (Guillermo Marín, que el pobre siempre lo ponen de malo) lo hubiera hecho con otro (Rafael Durán). Una comedia romántica aparentemente blanca pero que encierra una crítica bastante bestia a la ranciedad de ciertos sectores sociales, y que no cae en lo cursi. Y es que Neville rara vez fue inocuo, y los que duden de ello, que tiren de la ventanilla de "streaming" que dispongo ahí abajo, antes de que Jodorowsky tenga que recomendarla. Y con semenjante maravilla se despide TRAILER FOTOGRÁFICO hasta...la semana que viene.
"La vida en un hilo", en exclusiva para TRAILER FOTOGRÁFICO



Grande Edgar. Gracias a usted y a la filmoteca me estoy empapando de la obra del que muchos consideran que es nuestro Ed Wood particular aunque dudo que llegue a ese nivel).
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